GARGALLO
EN BARCELONA
La
frágil estructura productiva de una economía agro-ganadera,
con nula industrialización que determinaba unas formas de
vida eminentemente rurales orientadas al autoabastecimiento fue
desde antiguo la razón de que de los habitantes de los pequeños
pueblos aragoneses buscasen otros medios de vida fuera de los estrechos
límites de su territorio.
Las
migraciones hacia América de los primeros años del
siglo XX que llevaron a nuestros compatriotas fundamentalmente a
Argentina y Brasil, continuaron hasta mediados de los sesenta, si
bien la dirección de destino pasó a ser la Europa
de Mercado Común. En este intervalo de tiempo se incluyen
las migraciones de tipo político como consecuencia de la
guerra civil de 1.936/39, que llevaron a muchos aragoneses a exiliarse
a Francia: Toulouse y Burdeos, principalmente.
Simultáneamente,
los pueblos del Bajo Aragón fueron transfiriendo población
hacia Cataluña, que ya desde final del XIX experimentó
una fuerte industrialización iniciada en el sector textil,
y demandaba mano de obra en esta industria así como en la
construcción y el servicio doméstico. Esta transferencia
de personas, en principio lenta, se aceleró en la década
de los años sesenta y setenta del pasado siglo, perdiendo
casi todos sus pueblos más de un setenta por ciento del censo,
según datos del Instituto Aragonés de Estadística.
La migración siguió un patrón muy definido,
casi siempre con la partida de un hijo, muchas veces por motivos
de servicio militar, que ya no regresaba, atraía a los hermanos
y finalmente a los padres que procedían a vender las tierras
y muchas veces también la casa familiar.
En
resumen, desde 1.857 a 1.996 el conjunto de la provincia de Teruel
perdió un 42 % de su población, pasando de 238.628
habitantes a 138.211.
La
primera crisis del petróleo en 1.973 frenó las ya
casi agotadas reservas de emigrantes de los pueblos pero contrariamente
a lo que ocurrió en la mayoría de países europeos,
la emigración interior, concretamente a Cataluña,
no regresó sino que la resistió hasta que remitió
a finales de los setenta; no en vano ya habían pasado dos
décadas desde la salida, y la segunda generación estaba
asentada en los lugares de destino. En estas fechas, principios
de los 80, los pueblos se encontraban en su peor situación
de deterioro: casas semiderruidas, calles en mal estado, carencia
de servicios y baja moral de los que habían resistido.
Este
es el punto de inflexión a partir del cual los pueblos empiezan
a mejorar. La población sigue descendiendo lentamente al
no compensar los nacimientos las muertes de los mas mayores que
se quedaron como testigos del abandono. Sin embargo, una parte de
los que salieron, asegurada su supervivencia en los lugares de destino,
empezaron a invertir sus pequeños ahorros en reparar la casa
familiar que les permitía regresar, junto a sus hijos, con
más frecuencia que antes. Es a partir de 1.985, con la entrada
de España en la Unión Europea, cuando los pueblos
empiezan a recibir significativas ayudas para la agricultura, ganadería,
infraestructuras y servicios que, unidas a las inversiones de particulares
mencionadas, consiguen que los pueblos cambien completamente de
aspecto: calles bien pavimentadas, polideportivo, piscina, edificios
públicos restaurados o de nueva planta, suministros de agua
y electridad de buena calidad y acceso a Internet.
En
la práctica, pues, poca diferencia existe hoy entre vivir
en una gran ciudad y un pueblo pequeño; se trabaja en una
localidad y se vive en otra, como en las ciudades. Las redes de
comunicación, reales y virtuales lo permiten. No se puede
predecir, no obstante, cuál será el futuro de nuestros
pueblos; no hay que descartar un retorno adonde aún se pueden
ver puestas de sol todos los días. Las condiciones lo permiten.
Solo hace falta imaginación.
Queda
una duda por aclarar: ¿quién ganó/perdió
más; los que se fueron o quienes se quedaron? Difícil
de responder. Algunos creerán que la partida no valió
la pena; después de cuarenta años los que se quedaron
y sus descendientes viven igual o mejor que los que se fueron. Seguramente
ambas decisiones fueron complementarias y sin saberlo o sin querer,
han confluido en que tengamos un país con menos desigualdades.
Unos, los emigrados, con su decisión de buscar una vida mejor
permitieron, indirectamente, que los que se quedaron pudieran disponer
de mayores recursos para subsistir hasta que las cosas cambiaran
y éstos, a su vez, les compensaron manteniendo vivos los
pueblos que ahora ambos pueden disfrutar. Para unos y otros nuestro
agradecimiento y cariño. |