RECUERDOS DE UN VIAJE EN AUTO-STOP
(Del 18-7 al 29-8 de 1.960)

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Zaragoza-S.Sebastián-Biarritz-Bayona-Agen-Burdeos-Tours-Chartres-Paris-Lyon-Avignon-Niza/Montecarlo-Frèjus-Séte-Sigean-LeBoulou-S.
Felíu de Guíxols-Barcelona-Zaragoza

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Félix
Serrano Royo |
Joaquín Clavería
Manso |
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Cuando inicié este viaje en compañía
de un amigo de estudios ni yo mismo creía realizable
la ruta bastante larga que nos habíamos fijado en España
valiéndonos de un mapa francés,
señalando centenares de kilómetros con un lápiz,
ruta que habríamos de cubrir mediante el económico
medio de transporte como es el “auto-stop”.
Después de todo un curso
de preparativos, discusiones, papeleo y tras haber aprobado el
Preuniversitario, llegó el día 18 de julio, fecha
señalada de antemano como principio de nuestra excursión
que habría de durar un mes y medio. Y empieza el viaje.
18 de julio, lunes
Salimos de Zaragoza una mañana
cálida en un lento tren correo con dirección a San
Sebastián en el que también viajan varios soldados
navarros, licenciados, que vuelven a sus casas, y que para celebrarlo
se bajan en cada estación y apeadero en que para el tren
y se toman uno o dos potes, como dicen ellos, y nos hacen acompañarles
en la celebración; menos mal que son de algún pueblo
de la Ribera y podemos continuar como viajeros normales y no como
viajeros borrachos. Tras haber cubierto los 300 kilómetros
que separan Zaragoza de San Sebastián en un intermedio de
once horas, llegamos a la capital donostiarra. Dejamos nuestro
impedimento en el albergue y, en compañía de un portugués,
salimos a ver la ciudad. Visitamos la magnífica playa de
la Concha, el típico puerto de pescadores y las calles más
céntricas en las que aún se perciben los últimos
ecos del festival cinematográfico que desde hace ocho años
se celebra en la ciudad, cuyas calles están llenas de grandes
carteles que anuncian las películas a concurso. No sé si
en concurso o fuera de él, se promociona mucho el descubrimiento
del último prodigio del cine español, la niña
cantante Marisol, de doce años, que acaba de debutar en
el cine con la película “Un rayo de luz”.
Estando contemplando desde la
Concha la magnífica vista hacia el mar: la isla de Santa
Clara enfrente, el monte Igueldo a la izquierda y el Urgull a la
derecha, un viejecito pega la hebra con nosotros para escandalizarse
de la inmoralidad que supone el que las jóvenes y, no tan
jóvenes señoras, lleguen vestidas desde su casa y
sin importarles la presencia del Sagrado Corazón que corona
esta última montaña, se desvistan y queden en bañador,
para tomar el sol y bañarse. Eso en sus tiempos no ocurría,
dice
19 de julio, martes
Vemos frustrado nuestro proyecto
de bañarnos en la playa pues llueve toda la mañana,
así que cambiamos de planes y subimos andando al monte Igueldo,
desde el que se divisa una extraordinaria vista de la ciudad. Por
la tarde, ya despejado el cielo, tomamos un tren para Irún.
En la estación de San Sebastián nos encontramos un
estudiante bilbaíno que, residente en San Sebastián,
cruza muchas veces la frontera. Este muchacho la pasa con nosotros,
nos invita a una cerveza en Hendaya y nos acompaña hasta
San Juan de Luz; allí tomamos un autobús para Biarritz
donde llegamos a las nueve de la noche bajo una intensa lluvia,
y descubrimos con desconsuelo que el albergue no está en
la misma ciudad. La suerte nos compensa con la invitación
que uno de los pasajeros del autobús, un español
de Valencia que trabaja aquí, se compadece de nosotros y
nos lleva a pasar la noche a la casa que comparte con un hermano.
20 de julio, miércoles
Nos levantamos a las seis de
la mañana, hora en que nuestro amigo español y su
hermano tienen que comenzar el trabajo en una fábrica de
calzado. Dejamos las mochilas en la casa con la intención
de permanecer todo el día en Biarritz pero ante la insistente
lluvia, que no cesa en toda la mañana, almorzamos en una
playa que se llama “la chambre d`amour” , recogemos nuestro bagaje,
nos despedirnos de los hermanos que tan desinteresadamente nos
han brindado cobijo y tomamos un autobús que nos traslada
a Bayona, distante pocos kilómetros de Biarritz.
21 y 22 de julio, jueves
y viernes
En Bayona permanecemos dos días
enteros ocupados en ver la ciudad y pasear en compañía
de algunos miembros del albergue. Hacemos varias amistades masculinas
y femeninas que contribuyen a que resulte corta nuestra permanencia
en esta ciudad. Bayona es una ciudad muy bonita que goza de mucho
turismo dada su proximidad a la costa cantábrica. Posee
bonitos jardines y paseos así como dos ríos, o mejor
canales, con un magnífico puente que tenemos que atravesar
para ir al albergue. Es el albergue muy acogedor y familiar, regentado
por una señora muy amable. Por su proximidad a España
nos encontramos con muchos españoles, alguno de los cuales
ya habían recorrido Francia e Inglaterra. El segundo día
por la noche vamos a un baile público al aire libre que
se celebra todos los jueves y sábados y lo pasamos muy divertido.
Me encuentro con una francesita que estudia español y que
es mi pareja hasta que termina el baile a las dos de la mañana.
Es una chica muy simpática, monitora en una colonia veraniega.
Nuestra alimentación,
hasta ahora, ha consistido en los fiambres que traíamos
de España más latas de conserva; a partir de ahora
compramos leche, patatas, carne y huevos, que cocinamos en el albergue.
Estamos bastante satisfechos y mañana comenzaremos la verdadera
aventura del auto-stop, ya que hasta ahora nuestra locomoción
ha sido pagada. El viernes, día 22, amanece tristón
y con algunas gotas, lo que no impide que salgamos a la carretera.
Sin situarnos siquiera y con las mochilas todavía al hombro,
a la primera señal de auto-stop se detiene un magnífico
Mercedes, penúltimo modelo, que nos lleva de un tirón
hasta Agen (250 Km). Nuestra intención era trasladarnos
directamente a Burdeos sin separarnos de la Nacional 10 pero ante
la tentación de internarnos en Francia con un solo coche,
subimos y llegamos a Agen a las cinco de la tarde. No queremos
continuar y acampamos en un prado muy bonito entre un canal por
el que transitan gabarras de carga y el río Garona, a medio
kilómetro del pueblo. Entretenemos la tarde viendo transitar
y maniobrar las gabarras, poniendo mucho cuidado los patrones cuando
se cruzan, cenamos y ya con la noche cerrada nos metemos en la
tienda a dormir pues no hay nada que hacer en la oscuridad. En
esas estamos cuando nos despierta un ruido que parece provenir
de un roce fuerte contra los vientos de la tienda; más que
asustados, tras un momento en que ninguno de los dos parece dispuesto
a salir a ver qué pasa, empuño en una mano la linterna
y en la otra una navaja y salgo fuera, dando gritos, a batirme
con el invisible enemigo; pero por allí no hay nadie, afortunadamente.
Tanto si era humano como animal lo que produjo el ruido se debió asustar
tanto como nosotros, que tardamos un buen rato en volver a dormirnos,
prometiendo no acampar de nuevo en un paraje tan aislado.
23 de julio, sábado
Salimos hacia Burdeos muy de
mañana y no tenemos mucha suerte hasta las once. En primer
lugar nos recoge una camioneta que nos lleva diez kilómetros;
el conductor, un transportista de pueblo, usando un peculiar francés
que no alcanzamos a entender del todo, se esfuerza en indicarnos
que, al salir, abramos desde la manija exterior, sacando el brazo,
pero no conseguimos entenderle; él cada vez más enfadado,
gesticula hasta que conseguimos entender que los gritos que lanza
se pueden traducir por “au dehors”, au dehors”, o sea, “desde fuera”, “desde
fuera”, lo que nos lleva a pensar que el francés, más
bien académico, que conocemos, no nos va a servir de mucho
en ciertas ocasiones. Luego un 2CV otros diez kilómetros.
Al poco se detiene, a una señal mía, un reluciente
Renault Fregate con sólo el conductor, quien manifiesta
que llevará a una sola persona; ante esta situación
es mi compañero quien sube al coche, yendo directos a Burdeos.
Yo me quedo en la carretera esperando que pare pronto otro coche
que me quiera llevar. Al cabo de un rato se para un Mercedes que
me lleva unos 25 Km, luego una camioneta Peugeot 203 que me acerca
otros tantos, haciendo el resto hasta Burdeos en un 2CV conducido
por un representante de aceite de cacahuete. Llego a Burdeos sobre
las dos y en llegar al albergue empleo otras dos horas ya que se
halla situado en Talence, un municipio a siete Kms. del centro
de Burdeos. Cuando llego al albergue ya está instalado mi
compañero y le pregunto qué tal ha sido su viaje,
aún intrigado porque el conductor aquél sólo
quisiera llevar a uno de los dos. Mi compañero, en un tono
como burlón, me comenta que el tal conductor tenía
otras intenciones que la solidaria de ayudar pero que él,
viéndole venir, tras alguna aproximación en falso,
le enseñó una navaja de dimensiones más que
respetables, añadiendo, como quien no quiere la cosa, que
los españoles éramos diestros en el manejo de tal
herramienta, en la tradición de los gitanos andaluces, versión
Mérimée. Con tales argumentos parece que el fulano
no insistió y mi amigo pudo relatar con orgullo su victoria
en aquél trance, resuelto con ingenio y determinación.
Así, al menos nos lo relató Clavería y así le
creímos. La navaja, por cierto, la conocía yo bien
por ser, la suya y la mía, elementos habituales en la preparación
de nuestra alimentación básica (bocadillos principalmente),
que incluía argumentos para disuadir a un mariposo ocasional.
Pasamos el resto de la tarde lavando ropa y charlando con unos
españoles. Mi compañero se resfría un poco
y se acuesta; yo hago amistad con unos franceses que me dan una
aspirina para él. En el albergue hay terreno para camping
así que plantamos la tienda.
24 de julio, domingo
Nos levantamos con la doble intención
de visitar la ciudad e ir al cine a ver alguna película
que no podamos ver en España, y ya tenemos en mente una
de la que venimos viendo publicidad desde que entramos en Francia.
Burdeos es bastante grande pero de aspecto antiguo e industrial.
Damos vueltas por el centro, vemos un mercado al aire libre
en el que se puede adquirir desde sardinas arenques hasta calzado
y bicicletas, los muelles del Garona con sus típicos descargadores,
vendedores de tabaco americano, etc. Comemos, o mejor dicho, desayunamos
en una tienda y por la tarde, a las 2,30 entramos, efectivamente,
en el Cinèma Trianon a ver la famosa película italiana
La Dolce Vita, con Marcelo Mastroiani, Anouk Aimée y Anita
Ekberg, que en francés se titula La Doucer de Vivre. A pesar
de las dificultades del idioma, captamos más o menos el
argumento pero sobre todo la exuberancia y sensualidad que transmiten
los actores, especialmente en la famosa escena del baño
nocturno de Anita en la Fontana de Trevi. Celebramos haber tenido
la experiencia de ver la cinta, que sólo quienes viajan
al extranjero pueden tener. Después del cine damos unas
vueltas por la ciudad y regresamos al albergue.
25 de julio, lunes
Nos quedamos otro día
más en Burdeos con objeto de tomar fuerzas para el viaje
que vamos a emprender al día siguiente. Por la mañana
volvemos a ir a la ciudad, hacemos la compra, vemos otro poco la
población y regresamos al albergue a la hora de comer. Allí hay
buena representación de alemanes e ingleses con quienes
intimamos un poco. Después de comer llegan tres españoles,
dos de Zaragoza y un estudiante de Salamanca. Pasamos la tarde
en el albergue y hacían las siete vamos los cinco a Burdeos
a pié. Merodeamos por la ciudad y a las once nos metemos
en un cine a descansar. Proyectan “La veuve joyeuse”. A la salida
tenemos que volver también a pié, siete Km de ida
y otros tantos de vuelta.
26 de julio, martes
Salimos del albergue todos los
españoles en la misma dirección pero con metas distintas;
mi amigo y yo vamos a Poitiers mientras los demás quieren
llegar a Paris. Salen del albergue al mismo tiempo dos alemanas.
Mi compañero y el estudiante de Salamanca se quedan con
ellas mientras los dos hermanos de Zaragoza y yo continuamos ruta.
Después de andar siete u ocho kilómetros y haber
tomado dos autobuses, nos escalonamos en la carretera y al cabo
de dos horas me para un Wolswagen que me lleva directo a Poitiers.
El conductor del vehículo es un alemán que trabaja
en España desde hace cinco años, muy amable, que
me invita a comer. Cuando llego a Poitiers son las cinco de la
tarde. Me instalo en el albergue y salgo a dar una vuelta por la
ciudad, que es bastante bonita. Junto al albergue hay un riachuelo
muy agradable que congrega cantidad de pescadores que raramente
sacan algún pececito. La ciudad parece más turística
que Burdeos y las calles tienen más animación. Cuando
regreso al albergue planto la tienda y como Clavería aún
no ha llegado, me acuesto.
27 de julio, miércoles
Me levanto temprano y descubro
que en una tienda cercana a la mía, sentada a la puerta,
hay una chica morena de gruesos labios, que había visto
la noche anterior, comiéndose una manzana para desayunar;
nos saludamos por gestos y me aproximo a ella; me ofrece manzana y
se mete en la tienda para coger una. Yo la sigo sin reflexionar,
cuando veo que otras tres chicas a medio despertar se incorporan
de los catres en ropa interior, sorprendidas por la intrusión
de un extraño, mientras la de la manzana se desternilla
de risa y se disculpa con gestos de “yo no he sido”. Entre corrido
y triunfante salgo de la tienda, escuchando las risotadas cómplices
de las chicas. Después de prepararme el desayuno juego un
rato al ping-pong y luego salgo a dar una vuelta, haciendo tiempo
a que llegue mi compañero. Hacia las doce y media, estando
hablando con una chica del albergue en un puente del río,
veo que Clavería y el de Salamanca pasan en un coche, les
doy un grito y el coche se detiene. Los tres vamos al albergue
y comemos allí. Ni un comentario de dónde han pasado
la noche. Por la tarde visitamos la ciudad y más bien tarde
regresamos para cenar y acostarnos pues ya no tenemos ganas de
salir. Por la noche refresca bastante y duermo vestido y enrollado
en la manta.
28 de julio, jueves
Salimos del albergue José Luis,
el de Salamanca, y yo solos pues mi amigo se queda escribiendo
una carta; andamos varios kilómetros hasta que nos situamos
bien en la carretera y después de esperar los dos juntos
sin resultado nos separamos, quedándome yo el primero. Poco
rato pasa cuando para una furgoneta Simca cuyo conductor, gentilmente,
recoge también a “Anda gitano” y nos lleva unos quince kilómetros;
al rato nos para un 2CV que nos lleva otros 40-50 Km. Comemos en
la carretera chorizo de su mochila, auténtico de Salamanca,
del que lleva varias vueltas, que consume como único plato,
y una lata de foiegras que aporto yo. Esperamos un par de horas
sin que nadie se apiade de nosotros y decidimos separarnos a ver
si hay más suerte, tocándome esta vez colocarme segundo.
A la media hora me recoge José Luis que va en un estupendo
auto americano que nos lleva unos 20 Kms. Seguimos juntos cuando
el mismo coche americano de antes nos vuelve a recoger y nos lleva
otros 25 Km; debe de ser un representante que va haciendo la ruta.
Andamos un rato para superar una empinada cuesta donde sea más
fácil que paren los coches y aquí merendamos más
chorizo con pan para reparar fuerzas. Pasa más de una hora
sin que pare nadie y, por fin, nos coge un Peugeot 403 que es,
junto al Citroen DS, lo mejor que circula por la carretera y con
este llegamos a Tours donde ya se ha instalado Clavería,
que nos ha precedido. Nos lavamos, preparamos la cena y luego hacemos
una breve visita a la ciudad que se encuentra bastante alejada
del albergue; éste está emplazado en uno de los famosos “Chateux” del
Loira. Entre los residentes hay varios jóvenes franceses
negros, algo anómalo para nosotros, que no tenemos gente
de color; nos choca que estos jóvenes pasen muchos ratos
en la ducha , por el complejo que les da su fuerte sudor, dice
un entendido, que no debe ser un campeón de la higiene.
29 de julio, viernes
Después de desayunar vamos
los tres, el de Salamanca, mi amigo y yo andando a la ciudad; hacemos
la compra y nos volvemos al albergue pues hace mucho calor. Normalmente
los desplazamientos al centro los hacemos a pié para ahorrarnos
los 70 fr. (70 cts. de NF) que cuesta el trolebús.
Una vez allí nos duchamos, comemos y sesteamos en el césped
que rodea el chateau. Pasado el calor más fuerte de la tarde
volvemos a Tours, andando, naturalmente, y hacemos una visita detenida
de sus calles, avenidas, paseos, fuentes, comercios y, así,
paseando, llegamos al río Loira. La ciudad, con su mercado
al aire libre, que exhibe una variada mezcla de productos de boca
y otro tipo de artículos, nos gusta y nos admira,
especialmente sus panaderías, tiendas de comestibles y carnicerías,
modelos de limpieza, orden y presentación exquisita. Regresamos
al albergue pasadas las doce de la noche y, cansados, nos acostamos.
30 de julio, sábado
Salimos de Tours con dirección
Chartres o Paris, según la oportunidad. Al decir salimos
quiero decir que intentamos salir. Tomamos el trolebús cerca
del albergue con el que atravesamos la ciudad; ya en las afueras
pasamos por un mercado al aire libre y, una vez en la carretera,
nos encontramos con una cola de vehículos de unos dos kilómetros
que tenemos que superar andando para poder tener alguna opción
de hacer auto-stop en condiciones. Resulta que al final del atasco
hay un aeródromo militar del que salen los soldados con
permiso y, naturalmente, sus compatriotas los recogen con preferencia
a los mochileros que estamos también en cola esperando nuestro
turno; así que a la hora de comer aún no hemos
avanzado prácticamente nada. Para animarnos, comemos los
tres juntos y luego nos separamos para ver si así tenemos
más posibilidades. Por mi parte ando unos ocho kilómetros
buscando oportunidades, aunque sin éxito. Hacia las cinco,
tumbado en la cuneta de puro aburrimiento, veo aparecer a lo lejos
a mi compañero; nuevamente lo intentamos juntos sin resultado
y, cansados y aburridos, decidimos pasar la noche por allí.
Pedimos permiso a un granjero para dormir en el pajar y conseguido
este volvemos a la carreta hasta la puesta de sol pues no tenemos
nada mejor que hacer. Cenamos de alforja y, estando yo oculto para
no agobiar, para un 2CV que, ya puestos, nos lleva unos 40 Km.
Prácticamente de noche otro 2CV se compadece de nosotros
y nos lleva hasta Chartres, ciudad a la que llegamos pasadas las
once de la noche. Esta experiencia nos enseña que no conviene
salir a la carretera en fin de semana ya que los coches van llenos
con familias que van al campo a disfrutar y no a cargar extraños,
pero no la aprendemos del todo. En el albergue hay buen ambiente
pero ni un español. Al de Salamanca no lo volvemos a ver,
pena porque era simpático y llevaba unos chorizos estupendos.
31 de julio, domingo
Por la mañana visitamos
la catedral gótica de Chartres, una de las tres mejores
del mundo en este estilo. En el exterior, de una gran riqueza artística,
destacan, además de los elementos típicos del gótico:
arbotantes, vidrieras, arcos apuntados, todo tipo de adornos en
columnas, recodos, fachadas, torres, etc. Tiene dos torres de las
de tipo “aguja” una de la cuales es más estrecha que la
otra. El interior no es menos extraordinario; desde aquí dentro
se aprecian las magníficas vidrieras que transforman los
rayos del sol en infinidad de colores y figuras que llenan de admiración
al visitante más exigente. Aprovechamos para oír
misa y después comemos. Tras reposar la comida en un bonito
parque recorremos la ciudad sin prisa, admirando sus cuidadas calles
y plazas y al caer la tarde volvemos a la catedral para contemplar
los últimos rayos solares del día iluminando sus
muros y vidrieras. No somos los únicos, numerosos turistas
se dejan cautivar por el espectáculo, contribuyendo a que
una ciudad relativamente pequeña parezca mayor por la cantidad
de gente que llena sus calles.
1 de agosto, lunes
Hoy es día de gran alborozo
para nosotros pues se va a cumplir nuestra máxima aspiración,
llegar a Paris, meta de la primera parte de este viaje. La mítica
ciudad de la luz se encuentra a nuestro alcance y no sólo
como ensoñación; en nuestras mentes es algo más
que una aglomeración urbana, es un referente de modernidad
y libertad. Hemos soñado con sus amplios bulevares, su río
Sena, su catedral de Nôtre Dame, su Torre Eiffel, sus cabarets,
a través de los folletos turísticos que hemos ido
recogiendo pero ahora todo esto y más lo vamos a ver con
nuestros propios ojos y tocar con las manos. Salimos, pues, de
Chartres nerviosos por llegar cuanto antes a nuestro objetivo y
cubrir los escasos noventa kilómetros que nos separan de
Paris. Nos situamos rápidamente en la carretera y a los
cinco minutos nos para un Peugeot 403 que nos lleva directamente
a nuestro destino. A unos kilómetros de la ciudad entramos
en una moderna autopista y el coche que nos lleva rueda a la excitante
velocidad de 150 por hora. Pasamos por un largo túnel, dejando
encima el aeropuerto de Orly y enfilamos directamente a Paris,
distinguiendo a lo lejos la inconfundible figura de la Tour Eiffel.
Me embarga una extraña sensación mezcla de temor
y satisfacción ante lo mitificado y desconocido pero, sobre
todo, es emoción lo que siento al aproximarnos a la tantas
veces imaginada urbe que, entre los de mi generación en
España, es un desiderátum, un lugar de peregrinación
a la modernidad desde la penuria intelectual y material de nuestro
país. El amable dueño del Peugeot nos lleva a un
albergue que conoce y que está en Suresnes; este lugar no
nos convence porque está muy apartado del centro de la ciudad
y sin pensarlo mucho tomamos un tren de cercanías y luego
el metro hasta el Boulevard Berthier, en la Porte Clichy. La residencia
es un edificio de la UNESCO en el que hay una “Ecole pour jeunes
filles” que en verano dedican a residencia de estudiantes de paso
y no pertenece a la red de Albergues Juveniles. Es un edificio
moderno que cuenta con TV, tocadiscos y radio en el salón
principal. Hay un dormitorio para chicos y otro para chicas, con
duchas. Las camas son hamacas sobre las que se extienden las mantas
y los sacos de dormir. Permiten estar hasta un máximo de
cinco días y el precio es de 5 NF diarios, incluyendo el
desayuno: café con leche y un buen trozo de baguette con
un taco de mantequilla; es algo más caro que los Albergues
de Juventud, sobre 3 NF, pero nos parece bien el precio incluso
a nosotros que venimos de un país donde la vida está mucho
más barata que en Francia; además no hay que hacer
tareas de limpieza como en los albergues y el Metro está al
lado. No hemos podido, pues, hacer mejor entrada en la Capital
por excelencia. Muy satisfechos de nuestra suerte, comemos y por
la tarde voy yo solo a Saint Denis a visitar a Josiane. Josiane
es una chica con la que me he estado escribiendo todo el curso
escolar en plan intercambio cultural; tiene aproximadamente mi
edad y sabe que viajamos por su país y que tenemos intención
de hacerle una visita pero no le he concretado la fecha de nuestra
llegada, por eso voy solo para no agobiar con la repentina llegada
doble. Llego a Saint Denis en un autobús y preguntando encuentro
la Rue Lanne, 18 donde vive Josiane con su padres. Me presento
y soy muy bien recibido por la familia Piesseau, que me invita
a cenar. Tanto Josiane como sus padres son muy amables conmigo,
gente trabajadora y humilde, lejos del refinamiento francés
que consideramos típico del país; más bien
parece una familia española de clase trabajadora que hacen
lo más que pueden para que sus hijos puedan llegar a alcanzar
una situación mejor que la que ellos han conseguido. En
seguida nos caemos bien y no sólo porque me proporcionen
una buena cena como no había tenido en días. Después
de cenar Josiane y su padre me acompañan al autobús
y quedamos para el día siguiente para visitar la ciudad
ya que ella está de vacaciones y su padre, jubilado, tiene
tiempo libre. En el albergue me espera Clavería a quien
cuento los planes para el día siguiente y nos acostamos
rápidamente porque estamos muy cansados. Ya tendremos tiempo
de recorrer Paris durante los próximos cinco días.
2 de agosto, martes
Nos encontramos con Josiane y
su padre en la boca del Metro de Porte Clichy, y por este transporte
vamos hasta Notre Dame. Desde aquí iniciamos un itinerario
por los Campos Elíseos, Plaza de la Estrella, Arco del Triunfo,
Museo del Louvre, jardines de las Tullerías, hasta llegar
a las inmediaciones de la Tour Eiffel, que se alza majestuosa a
nuestro frente. Como es la hora de comer, en una panadería
compramos pan, jamón york y cerveza y nos preparamos unos
bocadillos que comemos en armonía y buen apetito sentados
en el banco de unos jardines próximos. Tras haber descansado
un rato a la sombra llegamos al pie de la Torre pero sólo
observamos las increíbles proporciones y la estructura de
hierro unida con remaches, sin soldaduras, nos hacer notar Mr.
Piesseau, que es del oficio. Nos hubiera gustado subir en los ascensores
hasta el “sommet” o parte más alta pero nuestra frágil
economía nos lo impide, cuesta 4 NF, y nos imaginamos la
vista desde arriba ayudándonos en las postales que se exhiben
abajo como estímulo para la ascensión. Continuamos,
pues, nuestro paseo por la Escuela Militar, el Sena con sus artísticos
puentes, entre los que destacan los de Alejandro III, el Puente
Nuevo y el Puente Real y vemos desfilar los Bateau Mouche haciendo
el recorrido turístico por el río; con ellos se cruzan
grandes gabarras que transportan carbón, hierro y otros
materiales que utilizan el curso fluvial como vía de transporte.
Hacia media tarde, ya cansados, nos trasladamos a casa de Josiane
donde Mme. Piesseau ha preparado una espléndida
cena para agasajarnos. Con el estómago satisfecho regresamos
al albergue y aún me quedan fuerzas para hacer una visita
nocturna, en compañía de un madrileño, al
Paris de los cabarets, boîtes y otros antros de Pigalle,
sin entrar en ninguno de ellos por razón de presupuesto
pero disfrutando del ambiente alegre en el que no faltan prostitutas
y pederastas. Ambiente que nos inquieta y excita a partes iguales
y que gozamos como de una experiencia inimaginable en nuestra rancia
Zaragoza. Definitivamente rotos de cansancio volvemos al albergue
y nos acostamos.
3 de agosto, miércoles
Por la mañana vamos mi
compañero y yo a visitar la Ciudad Universitaria que está en
el extremo opuesto a donde residimos; tardamos una hora en llegar
tras hacer cinco transbordos en el Metro. La Cité Universitaire
es grandísima, cada pabellón representa un país
al que acuden los estudiantes oriundos. Ocupa una extensión
enorme y está toda rodeada de jardines y campos de deportes.
Volvemos al albergue, nos preparamos la comida y hacemos un poco
de siesta española. A media tarde vamos el madrileño
de ayer y yo a pie a Montmartre. Subimos al Sacré Coeur
desde donde se divisa una panorámica extraordinaria de la
ciudad: Notre Dame, los Campos Elíseos, la Torre Eiffel,
el Sena, todo lo más representativo de Paris. Lamento no
haber dispuesto de la oportunidad de traer una cámara fotográfica
para obtener recuerdos perdurables de la visita; nos contentamos
con comprar unos pocos souvenirs baratos y descendemos por entre
jardines escalonados que dan acceso al Sagrado Corazón.
Deambulamos por las calles de Montmartre mirando las tiendas y
los puestos de pintores ambulantes y ya de noche tomamos el Metro
para volver al albergue. Después de cenar damos una vuelta
por los alrededores, regresamos pronto y nos acostamos.
4 de agosto, jueves
Después de desayunar me
quedo charlando con una alemana y salimos juntos a hacer unas compras;
compro para Josiane tres discos postales para agradecerle a ella
y a su familia la extraordinaria acogida que nos han dispensado
tanto a mí como a mi compañero. Nos preparamos la
comida en el albergue y hacemos la sobremesa escuchando tocar la
guitarra a unos españoles. Por cierto, estos españoles,
un grupo de tres o cuatro, que cuando actúan siempre están
rodeados de chicos y chicas, cantera para el ligue, van organizadísimos;
no sólo tocan y cantan para entretenerse más lo que
caiga, sino que uno de ellos, al menos, cocina estupendamente.
En una lata de tomate grande ha preparado unas judías con
chorizo que no las hace mejor una buena madre; nos ofrecen un plato,
pues han hecho de sobra, con el que complementamos nuestra repetitiva
dieta consistente, normalmente, en bocadillos o sea pan con algo
dentro, huevos fritos con salchichas y patatas hervidas, mayormente;
menos mal que las baguettes están tan buenas que por sí solas
ya son media ración. Entre las judías, los cantos
y el cansancio acumulado me quedo dormido en el alfeizar de una
ventana baja, menos mal, y me despiertan las bromas y el cachondeo
de los asistentes por haberme quedado frito en tan original lecho.
Por la tarde voy a despedirme de la familia Piesseau y aprovechando
que cenan temprano me hacen acompañarles. No sé como
agradecerles su hospitalidad y les invito, en nombre de mis padres,
a nuestra casa de Zaragoza. Nos despedimos con besos y abrazos
y remachan su bondad regalándome unas cuantas latas de conserva “pour
le chemin”, me dice Mr. Piesseau. El y Josiane me acompañan
al autobús y nos comprometemos a vernos de nuevo en un futuro
no muy lejano. De regreso al albergue, me esperan mi compañero
y el madrileño para irnos a Saint Germain de Prés.
Tomamos el Metro hasta la Tour Eiffel, que está muy iluminada,
y por la ribera del Sena bajamos hasta St. Germain. Entramos y
salimos de alguna de las típicas cuevas existencialistas
tan de moda en la época pero no vemos ni a Sartre ni a Simon
de Bouvoir, que deben estar fuera de Paris, con este calor. Pasamos
un buen rato viendo el desfile del paisanaje por las calles y callejuelas
del barrio y la exhibición de fuerza de la policía
que vigila el ambiente, especialmente a los camellos que venden
marihuana con poco disimulo. Cuando queremos darnos cuenta de la
hora ya no funciona el Metro, por lo que tenemos que volver a pié.
Durante la marcha hasta el albergue, que tardamos dos horas en
cubrir sirviéndonos de un plano de la ciudad, tenemos la
ocasión de pasar junto al Louvre, la Opera y muchas avenidas
importantes de la ciudad. Cuando llegamos estamos cansadísimos
y muertos de hambre y nos enteramos de que a un compatriota le
han robado la maleta y tres mil pesetas que llevaba dentro. A este
se le han terminado las vacaciones. Nos acostamos rápidamente.
5 de agosto, viernes
Por la mañana voy al Bois
de Boulogne con un compañero de albergue madrileño.
Es un parque enorme, los folletos dicen 900 Ha, con un lago en
el centro en el que la gente pesca libremente, también hay
barcas de recreo y cantidad de patos de diferentes clases; en este
tranquilo y bucólico ambiente nos recreamos toda la mañana.
De regreso en Metro al albergue, comemos y hacemos una pequeña
siesta antes de emprender la que será nuestra última
tarde en esta ciudad que nos ha cautivado con su magnífico
diseño urbanístico, sus monumentos y con el ambiente
de sus gentes en calles y avenidas. Prometo volver en la primera
ocasión que tenga. Un poco mustios por la inminente despedida,
vamos al cine con mi compañero a ver ”Le Pont”, una película
terrible que narra, al final de la II Guerra Mundial, la historia
de un grupo de adolescentes alemanes estudiantes de instituto,
que son movilizados y enviados sin entrenamiento a defender un
puente. Para quitarnos el mal sabor de boca que nos ha dejado la
película, pasamos el resto de la tarde en Pigalle disfrutando
por última vez de su alegre y desenfadado ambiente. Volvemos
al albergue, cenamos y nos acostamos.
No quiero dejar de reseñar
algo que percibimos desde nuestra llegada a Paris que nos sorprendió.
En seguida nos dimos cuenta de que la policía se saltaba
los semáforos en rojo, pasando a toda velocidad haciendo
sonar las sirenas. Extrañados, en cuanto tuvimos oportunidad,
preguntamos la causa de aquél comportamiento y nos explicaron
que se trataba de evitar atentados por parte de la OAS (Organisation
de l'Armée Secrète), franceses argelinos (“pieds
noir”) descontentos con la política hacia Argelia adoptada
por el General De Gaulle. Nos quedamos de piedra. ¿La policía
francesa acosada por una especie de maquis?
6 de agosto, sábado
De nuevo cargados con las mochilas,
abandonamos el albergue un poco tristes por dejar Paris pero en
seguida se nos pasa ante la expectativa de encontrar nuevos amigos
y aventuras. Primero en Metro hasta la Porte D'Italie y después
en un trolebús llegamos a la N-7, que lleva a Lyon. Tras
un buen rato de espera nos para un Simca que nos lleva unos 30
Kms. Tomamos un bocadillo a pié de ruta y esperamos bastante
hasta que una furgoneta nos lleva otros 30 Kms. Volvemos a esperar
y otra furgoneta nos acerca 15 Km; al poco un Citroen DS, la perla
de la carretera, nos lleva hasta Sens, en la Borgoña, dejando
atrás Fontainebleau. Continuamos con la tarea de practicar
auto-stop, sin éxito, y ante la tozudez de los coches en
no parar, plantamos la tienda cerca de la carretera, tomamos algo
y nos acostamos.
7 de agosto, domingo
Bien descansados, nos despertamos
alegres deseando llegar a Lyon. Pero antes hay que hacer algo por
el cuerpo; me acerco al pueblo, hago la compra y nos preparamos
huevos fritos para desayunar, como los granjeros. Con optimismo
iniciamos las señales de parada pero no para ni dios, ni
juntos ni por separado. Parece que en Tours no terminamos de aprender
la lección de no hacer auto-stop en fin de semana por lo
que volvemos a purgar por nuestra insensatez. Aburridos como estamos,
se une a nosotros un alemán a quien la suerte tampoco sonríe
y los tres juntos pasamos casi todo el día; comemos, hacemos
la siesta y volvemos a la tarea pero sin mejor resultado, así es
que volvemos a plantar la tienda en el mismo sitio que el día
anterior y pasamos la segunda noche sin haber avanzado ni un kilómetro,
en la confianza de que mañana será más productivo.
8 de agosto, lunes
Nos levantamos con ilusión
aunque también con el mal recuerdo de ayer. Más de
una vez hemos pensado: ¿no se habrá decretado alguna
ley que prohíba pararse a los conductores a recoger auto-stopistas?
Pero no debe haber sido así porque, situados en la carretera
separados, yo delante, no pasa mucho rato cuando me para una camioneta
que, por no disponer de sitio, no puede recoger también
a mi compañero, así que subo solo y me aproximo a
destino unos 40 Km, no mucho, pero algo es algo después
de la sequía de ayer. Más animado, hago señal
a un Peugeot que para y dentro va mi compañero. En este
coche, muy contentos, vamos hasta Lyon, 350 Km de una tirada, el
trayecto más largo hecho en un sólo coche hasta ahora.
Esto nos hace recuperar la confianza en el auto-stop a cambio de
no volver a intentarlo en fin de semana. La llegada a Lyon es pasada
por agua, llueve a cántaros. Preguntando, tomamos un autobús
que cuesta la barbaridad de 1,30 NF (unas 15 Pts, cuando en Zaragoza
el tranvía cuesta 1 Pta.) y llegamos al albergue. De noche,
ya calmada la lluvia, vamos a dar una vuelta por la ciudad, que
nos parece grande y fea si bien esta impresión es de una
visita muy superficial. Nos impresiona el río que la surca,
el Ródano, por su anchura y caudal, que comparado con el
Ebro, nuestra referencia, no hay color, a favor de aquél.
Ya de vuelta en el albergue charlamos con un italiano y otro español
y al rato nos acostamos.
9 de agosto, martes
Como Lyon no atrae nuestra atención,
salimos con dirección a Avignon para lo que, desde el albergue,
tomamos primero un autobús y luego un trolebús que
nos sitúa en la carretera. Al poco rato nos para un Simca
que nos lleva hasta Vienne. En esta ciudad, a orillas del Ródano,
se nos hace la hora de comer sin que nos haya parado nadie en mucho
rato, por lo que aprovechamos para reponer fuerzas. Tras el refrigerio,
y ante la dificultad de que nos suban juntos, nos vamos intercambiando
el puesto en la carretera, sin mucho éxito pues hay otros
auto-stopistas delante y, normalmente, se sale por turno. Por fin
entre un Peugeot 403 y un Dauphine en el que viajan un matrimonio
joven con una niña pequeña y que, casualmente, se
dirigen al mismo albergue que yo, llegamos a destino sobre las
siete de la tarde. Para hacer tiempo a que llegue mi compañero,
me aseo, tomo un bocadillo y me voy a dar una vuelta por la ciudad
de los Papas. A mi regreso al albergue ya está allí mi
compañero quien tiene que dormir en un camping anexo porque
en el albergue no hay sitio disponible.
10 de agosto, miércoles
Decidimos quedarnos en Avignon
reponiendo fuerzas antes de dirigirnos a la Costa Azul, otro mito
en nuestra fantasía. Temprano, vamos a visitar la ciudad
empezando por el famoso Puente de Avignon, construido en el siglo
XII, al que una gran riada procedente de deshielo destrozó en
el XVII, dejando sólo cuatro arcos de sus 23 originales.
Después subimos a un alto mirador ajardinado desde el que
se divisa una admirable vista de la ciudad, con el río rodeándola.
Como empieza a hacer bastante calor, nos refugiamos en la residencia
de los Papas que en el siglo XIV gobernaron la cristiandad desde
este rincón de Francia hasta que Gregorio XI decidió devolver
la sede papal a Roma. La sucesión de éste dio lugar
al Cisma de Occidente al coexistir dos Papas, uno en Roma y otro
en Avignon; el último de este lugar, Benedicto XIII, el
Papa Luna, no quiso reconocer las disposiciones del Concilio que
lo destituía y se retiró a Peñíscola,
considerándose Papa hasta la muerte. El edificio papal,
más que palacio, es una fortaleza de proporciones enormes,
con murallas anchas y altas coronadas de almenas. A la terminación
de la visita, el guía se coloca junto a una puerta estrecha
por donde salíamos de a uno, con la mano extendida, demandando
propina con poco disimulo. Malo es pasar por desconsiderados y
tacaños pero peor rascarnos el vacío bolsillo, así que
seguimos la pauta marcada por un español que va delante
de nosotros quien, con toda naturalidad, estrecha la mano del guía
en señal de agradecimiento y despedida, en lugar de depositar
la moneda esperada, de manera que el pobre guía recibe tres
apretones de manos en vez de los tres francos que calculaba. No
es que esta conducta nos llene de satisfacción pero dada
nuestra condición de turistas pobres aún nos procura
algunas risas a costa del no menos pobre guía. Como se va
haciendo la hora de comer, bajamos a la ciudad, compramos viandas
y nos vamos al albergue a comérnoslas. Después de
la siesta, mitigado un poco el calor del día, vamos de nuevo
al centro y terminamos de recorrerlo: la plaza del Reloj, en zona
peatonal con bares y tiendas, la parte vieja con la iglesia de
San Didier y la calle de los Tintoreros. Ya de noche regresamos
al albergue a cenar y acostarnos.
11 de agosto, jueves
Hasta Niza tenemos casi 300 Km
por delante. Salimos, pues, temprano a la carreta pero como en
las dos primeras horas no se para nadie vamos caminando hasta que
nos damos cuenta de que estamos en una circunvalación que
entra otra vez en Avignon; así que vuelta a andar otros
tres o cuatro kilómetros hasta que por fin estamos en la
auténtica salida. Para terminar de alegrarnos vemos que
tenemos por delante una docena de colegas, ansiosos como nosotros,
de salir de allí. A la espera de que aquello se aligere,
nos sentamos a la sombra de unos árboles a comernos unas
peras que hemos comprado. Al poco rato, una señora Belga
que conduce un Peugeot 203, nos recoge y nos lleva la mitad de
camino. Aprovechamos el trayecto para, con permiso de la señora,
tomarnos un bocadillo a bordo. Otro Puegeot, esta vez un 403, nos
lleva cerca de Fréjus, localidad en la que haremos parada
dentro de unos días. En este punto volvemos a aguardar otras
dos horas, esta vez más entretenidos porque tenemos una
viña, en la que ya pintan las uvas, al alcance de la mano
y le hacemos frecuentes visitas mientras entretenemos la espera.
Para no alarmar, uno de nosotros se oculta y con esta estratagema
llegan a parar dos coches que, al darse cuenta del engaño,
salen pitando. Finalmente nos para una furgoneta 2CV que nos lleva
directo a Niza. De camino, pasamos por Cannes, mito erótico-turístico
donde los haya, que satisface todas nuestras expectativas: el profundo
azul del mar, los chalets de lujo y la alegre y confiada naturaleza
de sus bañistas en bikini, algo que sólo habíamos
imaginado en España a través de alguna revista de
circulación restringida. No le van a la zaga otras localidades
de este trozo de costa como Saint Raphael, siempre con el mismo
esquema: calas, hoteles, chalets entre pinos, todo en medio de
un lujo desconocido por nosotros. A todo esto son ya las ocho de
la tarde cuando llegamos a Niza y aún tenemos que subir,
casi escalar, el Mont Auban para llegar al albergue; caminata que
nos lleva más de una hora, y menos mal que, en el último
tramo, nos recogen unos americanos en un Wolswagen, que también
van al albergue. La verdad es que la vista ya nocturna de la ciudad
es maravillosa: la bahía, las casas ascendiendo por la montaña,
las luces del paseo marítimo con sus hoteles y el rumor
del mar que no se ve pero se intuye próximo. Ha valido la
pena subir tanto para tener una perspectiva tan buena. El albergue
es un edificio antiguo pero confortable, regentado por unos republicanos
españoles asentados allí tras la guerra civil, que
sospechan de cualquier otro español desde que, nos refieren,
tuvieron que desalojar de allí a unos falangistas que aparecieron
con sus arreos paramilitares, como si estuviesen en Valladolid
o Salamanca. Lo que no comprendo es cómo llegaron allí así uniformados,
con la prevención que hay hacia las manifestaciones fascistas.
Cuando vieron que éramos sólo estudiantes normales
nos trataron como a compatriotas porque, en el fondo, añoraban
mucho hablar en español con otras personas que no fueran
de la familia, especialmente el padre, el más viejo, que
no se había integrado tan bien como sus hijos o nietos en
la sociedad de acogida. El caso es que en el albergue no hay plazas
ni espacio para plantar la tienda, así que tenemos que conformarnos
con extender el saco de dormir o la manta en el jardín,
haciendo la mochila de cabecera. No somos los únicos, más
de una docena de colegas nos acompañan. Rendidos de cansancio
y en lo mejor del sueño, nos despierta la lluvia de una
tormenta de verano que nos obliga a pasar el resto de la noche
en los pasillos del albergue, gracias a la generosidad de los guardeses
que se compadecen de nosotros.
12 de agosto, viernes
A medio dormir y descansar, a
las siete de la mañana nos despierta la actividad en el
albergue que nos obliga a desalojar el pasillo en que descansamos
y trasladarnos de nuevo al jardín, donde ya no hay forma
de reanudar el sueño. Nos levantamos y, para compensar el
cansancio y afrontar la larga jornada que nos espera sin regresar
al albergue hasta la noche dado lo lejos que está de la
ciudad, nos preparamos un almuerzo fuerte. Para hacernos más
incómoda la situación, la mañana está gris
con lo que el aliciente de pasarla en la playa, de momento, se
frustra. Optamos, pues, por empezar haciendo la visita a la ciudad. Recorremos
el paseo marítimo, eje vertebral de varios kilómetros
de largo y llegamos al puerto deportivo; en el camino hoteles,
villas de lujo, plazas, jardines, todo nos deslumbra, y en el puerto
los yates y sus propietarios en sus atuendos marineros. Somos voyeurs
de un ambiente que nos da envidia pero en el que no estamos seguros
de que podríamos llegar a encajar, tanta distancia mental
nos separa de los inquilinos de esos barcos de lujo. A mediodía
luce el sol y la gente empieza a dirigirse a la playa; otro tanto
hacemos nosotros, que llevamos los bañadores debajo de la
ropa. Entre baños y cabezadas en la arena, es un decir,
ya que la playa tiene poca, más bien guijarros, se nos hacen
las tres de la tarde, hora de comer; compramos pan, jamón
y cerveza y nos acomodamos en el banco de un jardín con
sombra donde damos buena cuenta de la comida. Por la tarde entramos
en un cine a ver la famosísima película de Brigitte
Bardot “Et Dieu créa la femme” que, por sí sola ya
merecía el viaje, con lo que íbamos a presumir en
Zaragoza al contar que la habíamos visto. La acción
se desarrolla en Saint Tropez, donde una jovencísima y explosiva
Brigitte Bardot, entre ingenua e impúdica, muestra los primeros
desnudos del cine europeo y vuelve locos a los habitantes de esa
villa, que en la época en que se desarrolla la acción,
fin de los cincuenta, es poco más que un pueblo de pescadores
que está empezando a poner de moda un grupo de intelectuales
parisinos. Jean Louis Trintignat es pareja de la Bardot en el film
mientras Roger Vadin lo dirige. Satisfechos de la cinta y de la
experiencia de haberla visto, continuamos la visita a Niza hasta
que, ya muy cansados, volvemos al albergue para encontrarnos con
la misma situación de la noche anterior: no hay plazas libres;
así que tenemos que acomodarnos nuevamente en el jardín
a pasar la noche. Pero no es nuestro día, o nuestra noche;
el encargado nos despierta para advertirnos de que la policía
le ha avisado de que un grupo de “blussons noirs” rondan la zona
y que estemos prevenidos. Como somos más de una docena los
acampados al raso, nos damos seguridad unos a otros, pero con todo,
dormimos intranquilos. Al final, los “blussons noirs” no aparecen
y, aliviados, nos ponemos en marcha, como ayer, muy de mañana.
Los “Blussons Noirs” son en Francia los equivalentes de los “Teddy
Boys” en Inglaterra, pandillas provocadoras y agresivas que son,
sobre todo, gamberros.
13 de agosto, sábado
Hoy vamos a hacer una excursión
a Mónaco y Montecarlo para lo que tomamos un autobús
que nos traslada hasta allí, pagando 1,20 NF. Visitamos
el palacio de los príncipes, situado en una de las colinas
que conforman el principiado llamada la Roca de Mónaco,
desde la que se divisa una extraordinaria vista del conjunto. Los
principales monumentos se encuentran en el recinto amurallado de
la ciudad, como el palacio y la catedral. Cuenta también
con un museo oceanográfico muy importante. Las calles de
la ciudad vieja son casi todas peatonales y sólo los monegascos
pueden acceder a ellas con sus coches. Bajamos hasta el mar y damos
una vuelta por el puerto de Rainiero en el que sólo hay
yates y barcos de lujo. Terminamos la mañana bañándonos
en la playa que, al igual que la de Niza es el piedras sueltas,
que no animan nada a tumbarse sobre ellas. Ya con apetito, compramos
comida y nos la comemos en unos jardines a la sombra de los árboles.
Después de descansar un rato subimos a la otra colina, Montecarlo,
que es la zona residencial en la que se encuentra el famoso Casino
y el circuito de Fórmula Uno, que forma parte de su red
de carreteras. Damos unas vueltas por este distrito o zona del
principado y recalamos en el Casino. Tratamos de entrar a curiosear
pero no podemos pasar de la zona de las máquinas tragaperras
porque no llevamos chaqueta y, aunque la hubiéramos llevado,
tampoco ya que la entrada cuesta 2,5 NF, demasiado para nuestro
presupuesto. Por aquí nos quedamos mirando un buen rato,
imaginando cómo será el ambiente en las salas de
juego donde se gastan fortunas a la ruleta o black jack. Todo este
ambiente es tan fantástico que nos parece estar viendo una
película pero en la que participamos, al menos, como extras.
Junto a París Niza, Mónaco y en general la Costa
Azul, es lo más refinado que hemos visto y que el país
ofrece al turista pudiente a cambio de su dinero. No parece nada
comparable a lo que hayamos podido vivir hasta ahora en nuestra
corta y gris existencia provinciana. Ahítos de lujo y glamour,
en versión observadores, tomamos el autobús de vuelta
a Niza, recalando en la dura realidad de tener que dormir por tercera
noche consecutiva sobre el cemento del jardín del albergue,
y gracias.
14 de agosto, domingo
Abandonamos Niza con cierta pena
por las experiencias vividas los últimos días aunque
con la confianza de tener otras nuevas por delante. Como suponemos
que por ser domingo la carretera va a estar saturada de coches,
unido a que, por lo accidentado del terreno, no propicia las carreteras
anchas y rectas, precisamente, evitamos hacer auto-stop y tomamos
un tren hasta Fréjus. Dejamos Niza a las doce treinta, y
una hora más tarde llegamos a destino. Desde la estación
al albergue hay más de tres kilómetros, que recorremos
bajo un fuerte sol y donde llegamos sudorosos y hambrientos. Plantamos
la tienda y nos hacemos la comida. Después de comer, Clavería
se queda descansando y yo me acerco hasta el pueblo y me baño
en la playa que ya no es de grava y piedras como en Niza y Mónaco
sino de arena dorada bastante fina. Pasada la tarde, hago un poco
de compra y regreso al albergue donde sigue mi compañero,
y allí cenamos. Entretengo la sobremesa hablando con un
chico alemán de 17 años como yo, pero un hombretón
ya, Ulrich Meier, que está muy interesado en conocer la
fiesta de los toros. Trato de explicarle las diferentes suertes
de la lidia, de lo que queda muy complacido a pesar de que no sé cuánto
habrá entendido, y me doy bastante tono sintiéndome
el maestro respecto al atento aprendiz, imbuido por el mito del
toreador español. Promete que su próximo viaje será a
España para ver una corrida de toros. Ya tarde, nos acostamos.
15 de agosto, lunes
Madrugamos, recogemos la tienda,
pagamos el albergue y vamos hasta el pueblo donde desayunamos en
un bar y hacemos la compra imprescindible de supervivencia. Camino
de la salida a la carretera vamos observando en las inmediaciones
de Fréjus los efectos, aún parcialmente visibles,
de la catástrofe que ocurrió en diciembre del año
pasado, que recordamos perfectamente por el alcance que
tuvo en la prensa, al derrumbarse la presa de un pantano que produjo
más de cuatrocientas víctimas mortales y cuantiosos
daños materiales: naves industriales, polideportivos, casas,
fincas, huertas anegadas y destruidas, un desastre, en fin. Se
ha restaurado la vía férrea destruida y levantado
pabellones provisionales mientras se procede a reparar definitivamente
los daños. Hoy es festivo en Francia, puente e inicio de
la segunda quincena de vacaciones por lo que la carretera, no muy
buena, va llena, de forma que pasa mucho rato sin que nadie nos
pare y decidimos separarnos a ver si así hay más
suerte. Al poco veo a mi compañero, que se ha puesto delante,
pasar en un Renault 4 CV; por mi parte espero y espero sin éxito.
De cuando en cuando camino con la mochila a la espalda restando
distancia al trayecto. Pasado el mediodía, me como un bocadillo
a pié de carretera y me echo una siesta hasta media tarde.
Vuelvo a intentar el auto-stop, sin resultado otra vez, así que
sobre las siete, muerto de hambre, me voy a un pinar cercano, recojo
leña, hago un fuego y me frio un par de huevos con chorizo
para compensar lo escaso de la comida. Ya más templado de
estómago y de ánimo, hago un último intento
de salir de allí cuando veo venir andando, tan fracasado
como yo, el alemán a quien anoche estuve explicando una
corrida de toros. Decidimos, por seguridad, permanecer juntos y
pasar la noche en el pinar próximo. Como mi compañero
se ha llevado la tienda sólo tenemos los sacos de dormir,
menos mal que el tiempo es bueno. Hablando de los medios de seguridad
con que contamos, yo le enseño mi navaja y él
un revólver en miniatura, pero plenamente efectivo, que
dispara unos balines pequeños; me cuenta que el año
anterior, haciendo camping, forcejeó con un turco y se disparó la
pistola hiriendo a este en la mano y que él mismo ayudó a
curar vendándosela; aunque el revólver es pequeño,
me produce una gran impresión y hablamos de cómo
lo ha conseguido y de que está prohibido portarlo sin licencia,
que no tiene. No sé si tranquilizado o no, estamos a punto
de acostarnos cuando escuchamos pasos cercanos en la oscuridad
y nos sobresaltamos; empuñamos cada uno su material defensivo
y nos enfrentamos a un asustado italiano que cruza el pinar para
visitar unos amigos de la fábrica en la que trabajan. Los
tres estamos asustados pero el italiano supongo que más,
a pesar de que ya es un hombre, porque nosotros somos dos. Aclarado
el incidente, nos identificamos mutuamente, quedando el italiano
tan aliviado que se hace amigo nuestro y nos quiere invitar a cenar
en casa de sus amigos. Le agradecemos el gesto pero declinamos
las invitación debido al cansancio y a que tenemos que madrugar
para intentar salir de allí cuanto antes. Por su parte,
nos dice que tiene que volver a pasar por allí de regreso
a su casa, que no nos preocupemos si oímos pasos otra vez.
Así nos acostamos, sin otro percance.
16 de agosto, martes
Ulrich y yo salimos a la carretera
después de almorzar y de habernos intercambiado las direcciones
con la promesa de escribirnos, y en seguida se detiene un
Fiat 600 conducido por un italiano que nos recoge a los dos, dejándole
a él en un cruce hacia Aix en Provence, donde se dirige,
y continuando yo con el conductor hasta Marsella. Aquí me
aprovisiono de lo básico para alimentarme y me lo como en
los muelles. No es mi idea quedarme en la ciudad ya que quiero
seguir camino adelante, por lo que sólo veo de ella lo que
me coge de paso hasta la salida a la carretera en dirección
Montpellier; parece una ciudad grande con una intensa actividad
portuaria. Tengo que andar más de una hora hasta encontrar
la salida, que resulta ser una excelente autopista de tres carriles
en cada sentido, y en la que ya se me adelantan seis u ocho compañeros
de fatigas, así que continúo caminando hasta que
más o menos me he quedado solo para la tarea; no obstante
nadie se detiene y decido descansar con una siesta a pie de ruta.
Cuando me despierto vuelvo al tajo, esta vez con más suerte,
ya que se detiene un Renault Dauphine nuevecito, conducido por
un inglés que parece un personaje de novela de Agatha Christie,
con sombrerillo de cuadros de ala corta y plumilla y chaqueta a
juego con el sombrero, o viceversa, extendida cuidadosamente en
el asiento trasero. A pesar de los esfuerzos, no consigo colocar
una mala frase de agradecimiento ni de otras, tal es mi carencia
del idioma inglés y la suya del francés, no digamos
ya del español, por lo que nos dedicamos a fumar de su tabaco,
Senior Service, muy rubio sin filtro, que pica un poco y que es
la primera vez que veo y pruebo pero que me gusta bastante más
que los Peninsulares mataquintos que he traído de España,
que por cierto ya se están agotando. Quedo muy frustrado
por la imposibilidad de comunicarme con este buen hombre, del que
sólo he conseguido conocer el nombre, Robert, y que está de
vacaciones, frustración que prometo subsanar estudiando
inglés en cuanto vuelva a España. Llegamos a un pueblo
llamado Salon donde se va a detener o desviar, no recuerdo, y para
despedida me invita a una cerveza y al último Senior Service
que probaré en mucho tiempo. Nos despedimos con mucha gesticulación
y pocas palabras y continúo mi camino hacia Séte
donde he quedado con mi compañero. En la plaza donde hemos
tomado la cerveza hay en su centro una fuente árbol o árbol
fuente que me parece muy original; desde lo alto del tronco vierte
un chorro de agua que lo envuelve, cayendo en un pequeño
estanque en el que se asienta el árbol. Prosigo mi camino,
me sitúo en la carretera, sin competencia aunque también
sin éxito. Meriendo y me pongo de nuevo a la labor sin mejores
resultados, por lo que me acerco a una granja a pedir permiso por
si tengo que dormir por allí. Oscurece y cuando empiezo
a pensar en que me tendré que quedar donde estoy, para un
Renault 4 CV que me lleva hasta Arles, dejándome bien situado
en la carretera. Ya casi no se ve y aún me quedan 100 kilómetros
hasta el destino fijado. En una gasolinera próxima pregunto
a una matrimonio que viaja en un Citroen 2 CV si me pueden recoger
y, a pesar de que llevan el coche desordenado y lleno de trastos,
me hacen un hueco por caridad y me dejan a unos 40 Km de Montpellier.
De noche oscura, al borde de la carretera, buscando refugio donde
pasar la noche, sin hacer señal alguna se detiene un deportivo
americano de dos plazas, con la capota de lona echada pero sin
puertas y me lleva hasta Séte, desviándose de su
camino, por ayudarme. A pesar de que las dificultades con el idioma
son las mismas que en el caso del inglés, conseguimos entendernos
algo: que soy español camino de Séte, y que él
es un piloto americano estacionado en Alemania que viaja a España
de vacaciones. Debe considerar buen augurio haberse topado con
un español, anticipo de los que encontrará en la
Costa Brava. Por la empatía y por el frio que entra en el
coche sin puertas, nos aplicamos a terminarnos, bebiendo a morro,
una botella de algo parecido a moscatel que ha comprado por el
camino. Llegamos así a Séte muy contentos ambos,
yo por haber llegado por fin y él por estar más cerca
de la frontera a donde se dirige sin pararse; ya descansará cuando
llegue a España, consigo imaginar que dice. Con buen ánimo,
aunque cansado, empiezo a caminar buscando a alguien a quien preguntar
por el albergue cuando escucho que una señora mayor, francesa,
que pasea el perro se dirige a mí en español, con
fuerte acento francés, diciendo: ¿Qué buscas,
chico? Sorprendido por cómo había sabido que era
español, me comenta que es viuda de un español emigrado
a Francia hace muchos años y que los conoce bien. Me trata
con mucho afecto, como a un nieto, y me informa de cómo
llegar al albergue, lo que redobla mi buen humor ante la perspectiva
de comer y descansar. Pero el día no termina bien. Cuando
a las once y media voy a registrarme, descubro con amargura que
he perdido por el camino una carpeta en la que llevo los documentos
personales y de viaje: pasaporte, mapas, carnet de albergues, seguro,
postales y papel de escribir. Encuentro a mi compañero ya
en la tienda, le cuento mis pesares y me acuesto rendido, hambriento,
cabreado y pensando cómo voy a resolver el problema del
pasaporte cuando me queda, además, tan poco dinero, porque,
afortunadamente, el que me queda no estaba en la carpeta de los
papeles. Mañana será otro día.*
*
Tres meses más tarde recibí desde el consulado de
España en Burdeos la carpeta perdida, sin que faltara nada.
Lo más probable es que se deslizara del compartimento de
la mochila por estar descorrida la cremallera que lo aseguraba,
en el Citroen 2 CV que me ayudó a llegar hasta Séte,
cuyo conductor, cruzando Francia por el sur de este a oeste, lo
entregara a la policía en Burdeos y ésta al consulado
español.
17 de agosto, miércoles
Me despierto temprano, deprimido
por ver cómo voy a resolver la papeleta del pasaporte. Después
de desayunar hablo con el responsable del albergue para preguntarle
por el consulado más próximo y me da la buena noticia
de que hay uno en Séte. Más sosegado, me dirijo allí y,
tras explicar el caso a una funcionaria, me recibe el cónsul
en persona; se muestra muy amable y comprensivo y me pregunta si
también he perdido el dinero. Me dice que no hay ningún
problema pero que debo hacer algunas gestiones para que me puedan
extender un salvoconducto que sustituya el pasaporte, para cruzar
la frontera: hacer una denuncia de pérdida en la policía
y llevar catorce fotografías tamaño carnet. Ya tranquilo
por lo fácil que está resultando la solución
del problema que me agobia, voy primero a una comisaría
de policía, donde los desocupados gendames me toman un poco
el pelo por lo complicado de la situación, alegan, pero
al verme desorientado y nervioso me consuelan con vigorosas palmadas
en la espalda, diciéndome que es broma, que no me preocupe
y rápidamente me dan copia de la denuncia; ellos mismos
me indican dónde hay una tienda de fotografía en
la que me cobran 100 NF por las fotos, que me parece un atraco
aunque, teniendo en cuenta que yo contaba con tener que desplazarme
a Marsella o Montpelier, los pago resignado. Las fotos estarán
mañana por la tarde, lo que va a retrasar algo nuestra salida
hacia España. Terminadas las gestiones vuelvo al albergue
donde espera mi compañero y después de comer vamos
a dar una vuelta por la ciudad. Camino del puerto seguimos el curso
de un canal ancho, cruzado por puentes, que hace de vía
de gabarras y barcos de placer. En uno de los puentes nos quedamos
un rato viendo cómo trabaja un buzo, inyectando hormigón
con un cubo sobre la base de una pilastra; no trabaja a más
de dos metros de profundidad pero su vestimenta es la de las películas:
pesada escafandra con visor en la careta, traje de lona, zapatones
metálicos, pesos de plomo en la cintura, tubo de respiración
y sujeción a un cable que lo mantiene controlado. El recorrido
que hacemos por la ciudad nos encanta; desde el puerto podemos
situar el albergue, a media ladera de una colina llena de vegetación.
Ya casi anochecido, regresamos a pie.
18 de agosto, jueves
Entretengo la mañana en
el albergue colaborando en tareas de limpieza y haraganeando de
aquí para allá. Después de comer voy a recoger
las fotos como acordamos y con ellas al consulado español;
en cuestión de minutos me hacen un documento que, firmado
por el cónsul, me permitirá pasar la frontera como
si llevara el pasaporte; así que todo ha quedado en un disgusto
momentáneo que se ha resuelto con suerte y 100 NF. Relajado,
doy un paseo por el puerto y regreso al albergue. Allí está mi
compañero jugando a petanca, el juego nacional francés,
con otros residentes a los que me uno. Aunque no es la primera
vez que vemos jugar sí es la primera que tenemos unas bolas
en la mano y empezamos a familiarizarnos con voces como “tireur”, “pointer” y
otras, además de conocer las sencillas reglas del juego
consistente en lanzar una bolita de madera a unos cinco metros,
esforzándose los jugadores en aproximar las bolas de metal
a la bola pequeña los unos y lanzando las suyas contra las
de los oponentes para separarlas y quedarse más cerca de
la bolita, los otros. Después de cenar charlamos con unas
francesas vecinas de tienda y nos vamos con ellas hasta la playa
donde hay un baile público. Al poco de llegar, Clavería,
que no sabe bailar, dice que se aburre y se vuelve dejándome
con las dos. Cuando termina el baile hacemos auto-stop los tres,
y por este sistema llegamos al albergue. Ir con chicas es una garantía
de viajar rápido.
19 de agosto, viernes
Nos levantamos sin prisas y vamos
a hacer la compra del día; luego nos preparamos un copioso
almuerzo a base de huevos fritos, pan con mantequilla y leche,
que nos permita aguantar hasta la hora de una temprana cena. Bien
nutridos, vamos andando hasta la playa que se encuentra a unos
tres kilómetros, donde nos quedamos hasta las cinco de la
tarde. La playa es larga, de arena fina y poca profundidad. Antes
de llegar a esta gran playa hay una serie de playitas o calas en
las que se está muy a gusto. Nos bañamos a menudo
y hacemos amistad con unos húngaros que nos invitan a fruta,
vino y cigarrillos además de a comer, que no aceptamos porque
nos parece demasiado. Por cierto, de Hungría sólo
sabemos que un intento de distanciamiento del estalinismo imperante
desde la II Guerra Mundial, en noviembre de 1.956, había
terminado en el aplastamiento de la revolución popular,
con miles de muertos; nos chocaba que unos estudiantes húngaros
hicieran camping como si tal cosa, en la creencia que de allí no
salía nadie sin mucha influencia pero de eso no hablamos,
sólo de nuestra afinidad como jóvenes estudiantes.
Nos despedimos de los húngaros y regresamos al albergue
donde nos preparamos una abundante merienda-cena. Ya de noche,
nos reunimos un grupo de campistas franceses, españoles
e italianos quienes, cada uno con sus medios, cantamos canciones
de nuestros respectivos países. Como suele ser frecuente,
los españoles nos quedamos finalistas cantando las canciones
de la “tuna”, coreados por los otros compañeros, subiendo
el tono de las canciones y de las risas hasta que el jefe del albergue
nos manda a todos a la cama.
20 de agosto, sábado
Me despierto temprano, y mientras
mi compañero sigue durmiendo, me siento a la puerta de la
tienda tomando un sol matutino que aún no calienta demasiado;
medio adormilado aún percibo como unos reprimidos gemidos
provenientes de la tienda de al lado, de los que deduzco que la
pareja que la habita, unos jóvenes franceses bastante bajos
y feítos ambos, todo sea dicho de paso, se están
echando un kiki matutino, con poca efusión, porque la lona
de la tienda no amortigua nada. Resulta que esta pareja, además
de poco agraciada también es poco cordial pues nos soltaron
una bronca por haber plantado la tienda demasiado cerca de la suya
o algo así; claro, necesitarían intimidad para el
amor. También resulta que el chico se había dejado
unas sandalias a un lado de la tienda que yo, en mi necesidad,
consideré que se quería desprender de ellas, sin
pensar que quizá lo había hecho como los musulmanes
al entrar en la mezquita. El caso es que el calzado que yo había
llevado de España ya hacía tiempo que había
cumplido con su cometido, después de tantos kilómetros
acumulados en sus suelas. De los dos pares de zapatillas, uno ya
ni recuerdo dónde se había quedado y el otro tenía
agujeros en los lados y en la suela, aparte de que “cantaba” hasta
La Traviatta, mejor que Caruso; así que, sin pensármelo
dos veces, cogí las franciscanas sandalias, que me venían
pintiparadas, me las calcé, tiré mis putrefactas
bambas a la basura, desmontamos la tienda, pagamos el albergue
y nos fuimos sin que los maromos se hubiesen levantado, en un segundo
sueño, supongo, tras el esfuerzo amoroso. Cuando realmente
comprendí que aquello había sido un hurto se me cayó la
cara de vergüenza, aunque me consolé pensando que había
sido uno menor y, en todo caso, famélico, por necesidad.
Al salir del albergue nuestra intención era llegar a España
pero las cosas no resultaron como las proyectamos. Cuando nos colocamos
en ruta son más de las once y tenemos por delante media
docena de colegas, de manera que empezamos a andar carretera adelante
y llegamos a la playa en la que nos bañamos ayer. Puesto
que nadie nos para, aprovechamos para darnos un baño, comer
un bocadillo y echarnos una siesta, y a las cinco volvemos al tajo.
Un Simca nos lleva hasta Narbonne y un Citroën Stromberg nos
deja en un pueblo pequeño llamado Sigean cuando ya ha oscurecido.
Esta segunda etapa del viaje no está resultando tan fácil
como la primera hasta Paris, incluso Lyon; por la costa las carreteras
son estrechas, con mucho tránsito al ser periodo de vacaciones,
y el modo de viajar que utilizamos se ralentiza. Escasamente hemos
avanzado cien kilómetros desde Séte. Intentamos continuar,
sin resultado, y decidimos acogernos a la protección de
un jardín público donde extendemos los sacos de dormir,
sin montar siquiera la tienda, y pasamos la noche sin nadie que
nos moleste.
21 de agosto, domingo
Nos levantamos temprano, nos
quitamos las legañas en una fuente y damos cuenta de un
poco de pan con salchichón que llevamos del día anterior.
Estamos terminando el frugal desayuno cuando una familia francesa
que ha acampado de emergencia en el mismo lugar nos invita a café con
leche, que nos sabe a gloria y nos entona un poco el estómago
y el espíritu. Rápidamente nos colocamos en la carretera
y al poco rato nos para un Simca Versalles que nos lleva hasta
Perpiñán; en este punto tenemos tres o cuatro auto-stopistas
delante de nosotros. A la espera de que se desaloje esto un poco,
me pongo a buscar unos palos con los que hacer un fuego y prepararnos
algo de más enjundia que lo de la mañana, cuando
se detiene otro Simca que nos lleva a Boulou, a diez kilómetros
de la frontera. Ya tenemos prisa por llegar a España, sobre
todo porque casi no nos quedan francos, pero tenemos que continuar
en suelo francés ya que a las cinco de la tarde nadie nos
ha recogido. Nos acercamos a un camping cercano donde plantamos
la tienda para pasar la noche, la última en Francia, esperamos.
En un hotel próximo se celebra el campeonato de petanca
de los Pirineos Orientales, al que acuden los mejores jugadores
de la región, y disfrutamos como espectadores de la habilidad
que tienen estas personas para aproximar los unos y quitar los
otros, respectivamente, las bolas del boliche. Como complemento
del campeonato se celebra una verbena con baile en la que nos colamos
y estamos entretenidos hasta que pasadas las doce nos retiramos
al camping. Hoy ha sido otro día de escaso rendimiento,
apenas sesenta kilómetros.
22 de agosto, lunes
Con la mayor esperanza de llegar
a tierra de pesetas nos duchamos, recogemos la tienda y nos acercamos
al hotel próximo a desayunar, en el que nos dejamos los últimos
francos (5,70NF), una barbaridad. Ya en ruta, un Simca Versalles
nos lleva hasta la frontera donde los del coche, que querían
cruzar con un pase de 24 h. son rechazados en la parte española
por alguna razón que no entendemos. Con el salvoconducto
no tengo ningún problema ni en la policía francesa
ni en la española; aquí la guardia civil le muestra
a un pobre hombre que pretende pasar a España sin papeles
lo que tiene que hacer para entrar, mostrándole mi documento.
En la misma frontera nos recoge un Peugeot 403 que se dirige a
Barcelona; nos bajamos en Gerona para ir desde aquí a la
Costa Brava. Dejamos las mochilas y la tienda en la consigna de
la estación del trenecillo -“carrilet”- que nos llevará a
San Felíu de Guixols. Nos vamos a comer a un restaurante
típico catalán y después a visitar la ciudad,
que nos encanta; el ancho río Oñar surca la ciudad,
con las fachadas posteriores de las casas de colores, el barrio
judío, la catedral en la que se mezclan todos los estilos.
Una ciudad medieval, al menos el casco antiguo. Después
de la visita nos aprovisionamos de comestibles y vamos a la estación
desde la que el “carrilet” nos lleva a S. Felíu. Llegados
ya de noche, buscamos un camping, acampamos y, casi de inmediato,
nos acostamos.
23 de agosto, martes
Amanecemos temprano, deseosos
de conocer las bellezas que nos cuentan encierra la Costa Brava.
Hacemos un desayuno fuerte con provisiones adquiridas en el bar
del camping y nos bajamos a la playa. El camping está situado
en una suave ladera en la que se han aplanado zonas sobre las que
se asientan las tiendas de campaña y las caravanas; apenas
a cien metros del camping hay una pequeña playa o cala poco
profunda, de arena fina. Alquilamos un patín a pedales y
vamos recorriendo un trecho cerca de la costa. Desde esta pequeña
embarcación empezamos a apreciar la maravilla que es la
Costa Brava: laderas rocosas que descienden hasta el mar, con pinos
en posiciones extrañas, agarrados a la escasa tierra disponible
entre las grietas de las rocas. Y debajo el mar, transparente,
verdoso, que permite contemplar las rocas a distintas profundidades
y los peces moviéndose entre ellas. Por encima, el intenso
azul del cielo. Este naturaleza, aún poco deteriorada por
la presión humana, la convierte en un paraíso en
el que muchos extranjeros y algunos nacionales procuramos disfrutarla
a fondo. Ya que acabamos de estar en la Costa Azul, la comparación
es inevitable. La riqueza, el esplendor y el glamour, para ellos.
La naturaleza, la belleza y el encanto, para nosotros. La magia
de las profundidades nos invita a zambullirnos en el mar pero los
negros pasadizos entre las rocas nos asustan y rápidamente
nos subimos al patín porque, la verdad, ni tenemos experiencia
ni somos buenos nadadores. De este primer contacto con la Costa
Brava quedamos muy impresionados, dispuestos a seguir disfrutando
de su belleza los días que nos quedemos. Después
de comer y descansar en el camping, vamos a visitar el pueblo.
Deambulamos por el paseo marítimo, con árboles y
mansiones antiguas, alguna de mucha solera, que coexisten con los
bares, bolera y locales de espectáculos que está generando
el incipiente turismo. Desde aquí se ven los pequeños
barcos que enlazan localidades de la costa más o menos próximas
que, en estas fechas van llenos de turistas que aprovechan este
medio de transporte para desplazarse y bañarse en otras
playas. También visitamos el Ayuntamiento y el monasterio
románico. Nos encanta este pueblo que combina la burguesía
local con el turismo, que está empezando a cambiar el estilo
de la ciudad, al menos en verano. Regresamos al camping, cenamos
y nos acostamos.
24 de agosto, miércoles
Desayunamos fuerte, con la intención
de pasar el día en la playa y descubrir la naturaleza de
la costa brava; así pues, seguimos un camino que bordea
el mar y pasando entre varias playitas o caletas casi privadas
en las que sólo se bañan los residentes de los hoteles
próximos y los curiosos como nosotros que queremos ver lo
más auténtico del litoral, llegamos a una zona de
rocas en la que nos quedamos. El mar está azul y tranquilo
y nos bañamos con cierta prevención porque aquí o
sabes nadar o mejor no meterse; impresiona la profundidad del agua
que pasa de la transparencia en la superficie a la oscuridad según
te vas sumergiendo. Al rato llegan unos muchachos suizos que vienen
preparados para bucear con gafas y aletas. Deben descubrir la envidia
con que les miramos y nos prestan su material para que disfrutemos
un poco bajo el agua. Tras varios ensayos, pues es la primera vez
que me pongo unas gafas y tubo de bucear, me voy sintiendo más
relajado y comienzo a disfrutar, tras las tímidas inmersiones
iniciales, de otras más largas y profundas. Es emocionante
acercarse a las grietas por las que desfilan peces que, por efecto
del aumento de las gafas parecen enormes, que te obligan a subir
pitando del susto. Poco a poco vas tomando las proporciones y al
cabo de un rato disfrutas como un loco de esta primera experiencia
submarina. Como inexperto nadador de piscina, este primer buceo
resulta de lo más excitante y gratificante. Como los suizos
no reclaman las gafas, buceamos una y otra vez hasta que nos da
vergüenza y se las devolvemos, sintiendo entonces lo agotador
que resulta sumergirse tantas veces con la inexperiencia que tenemos.
Estamos rendidos pero ha valido la pena. Tarde ya vamos al camping
a comer, tras lo que nos acostamos la siesta para recuperarnos
del cansancio de la mañana. Por la tarde damos un paseo
por el pueblo, tomamos un bocadillo y al anochecer nos metemos
al cine a ver un programa doble: “Sombras en la noche” e “Historia
de un condenado”. Cuando llegamos al camping son más de
las dos y media.
25 de agosto, jueves
Amanece nublado, incluso caen
unas pocas gotas de lluvia. Después de desayunar bajo al
pueblo a esperar que despeje; recorro el puerto, los muelles y
me entretengo viendo practicar ski acuático desde
la playa. Al rato sale el sol y me voy al camping a ponerme el
bañador. Con mi compañero bajamos a la playa donde
pasamos el resto de la mañana. Hacia las tres volvemos al
camping, comemos y empezamos a desmontar la tienda y preparar las
mochilas. Pagamos la estancia y vamos al pueblo donde tomamos un
autobús a Caldas de Malavella y de aquí el tren hasta
Barcelona. Entablo conversación con un viajero quien casualmente
vive cerca de donde vamos nosotros y se ofrece a acompañarnos;
en efecto, nos lleva hasta la Alianza, importante hospital del
norte de la ciudad, cercano al de San Pablo, más importante
todavía, y nos indica cómo hacer para llegar, respectivamente,
a casa de la tía Rosario donde me quedaré yo y al
albergue en el que se alojará Clavería, cerca de
aquí. Esta zona de Barcelona ya la conozco un poco porque
he estado antes en un par de ocasiones; una, con mis padres, a
los catorce años en casa de la tía Rosario y otra
el año siguiente en casa de mi tío Ángel,
una calle más arriba. Me presento de sopetón,
sin avisar, pese a lo que se llevan una alegría al verme
y admiración al comentarles brevemente el largo viaje que
rinde fin ahora, especialmente por parte de mi primo Daniel, de
la misma edad que yo y compadre de correrías infantiles
en Gargallo, quien está también residiendo con la
tía Rosario, casi recién llegado del pueblo con intención
de quedarse a trabajar y buscarse la vida en la ciudad; de hecho
ya ha encontrado trabajo. La tía telefonea a casa de su
hermano Ángel y en seguida se presenta mi primo Angelín,
muy colega mío también a pesar de que me lleva dos
años, que se encuentra de vacaciones en estas fechas. La
tía Rosario me prepara la cama pero la cena la voy a hacer
en casa del tío Ángel; antes nos pasamos por el bar
de Paco donde se reúne la peña Chin-Chin, a la que
acude Angelín y nos tomamos una cerveza. Durante la cena
me hacen muchas preguntas del viaje a las que les doy cumplida
respuesta y se quedan muy halagados cuando valoro mejor la Costa
Brava que la Azul. No en vano son o se sienten catalanes. Después
de cenar voy a casa de la tía Rosario a dormir.
26 de agosto, viernes
Mi primo Ángel ha ido
a la playa con unos amigos, de manera que Clavería y yo
aprovechamos para visitar la ciudad. Viene a buscarme a casa y
tomamos un autobús que nos lleva al Paseo de Gracia; desde
aquí vamos bajando por la Plaza de Cataluña
y las Ramblas hasta Colón. El paseo de Gracia tiene los
edificios más representativos del modernismo catalán,
impulsado por el renacer de la cultura catalana de la Renaixença,
con firmas de Gaudí, Doménech y Montaner y otros.
Comparado con la arquitectura del París del siglo XIX que
hemos visto recientemente no nos deslumbra; sin embargo, es la
mejor que hay en la España de la época. Pasamos el
resto de la mañana por el puerto, en el que hay una réplica
de la Santa María, nave capitana de las tres que llevó Colón
en su viaje de descubrimiento de América; subimos a una “Golondrina”,
barca de recreo que lleva desde Colón al final del espigón,
que cierra el puerto de mercancías desde el que se divisa
una bella vista de la ciudad, con Montjuic enfrente y su cementerio
escalonado con los nichos mirando hacia el mar. De regreso al puerto
y acabada la mañana, cogemos un tranvía que va hacia
la parte alta de la ciudad y me apeo en la Travesera de Gracia.
Mi compañero continúa hacia su residencia. Como ya
me sitúo en la ciudad, encuentro el camino a casa sin necesidad
de preguntar. Angelín vuelve de la playa después
de comer y esperamos a que mi compañero se reúna
con nosotros. Juntos vamos a casa del tío Enrique y después
a la peluquería del tío Ángel en la plaza
de la Sagrada Familia, desde donde telefoneamos al primo Daniel,
que se reúne con nosotros y los cuatro damos una vuelta
por el Barrio Gótico y las tascas de la calle Avignó y
alrededores. A la hora de cenar vamos a casa del tío Ángel,
con mi compañero de invitado. Después de cenar mi
primo y yo acompañamos a Clavería al albergue, pasamos
luego un rato en la peña Chin-Chin y nos vamos a dormir.
27 de agosto, sábado
Mi primo Ángel y yo esperamos
a mi compañero un rato para continuar la visita a Barcelona,
y como no viene vamos a buscarle al albergue donde se aloja pero
tampoco está allí. Algo le ha debido surgir porque
habíamos quedado en encontrarnos esta mañana. Decidimos,
pues, continuar la ronda de visitas a la familia, dirigiéndonos
en primer lugar a casa de la tía Dolores y el tío
Jorge quienes trabajan como guardeses en la finca de un industrial
barcelonés; nos presentan a los amos y permanecemos un rato
por allí. A nuestra vuelta al centro Ángel tiene
una gestión que hacer en el banco y le espero mientras la
resuelve. Como se acerca la hora de comer, vamos a casa de mi primo
donde ya nos aguardan sus padres y la comida. Volvemos a esperar
que Clavería se pase por aquí para salir juntos pero
tampoco se presenta, así que Daniel, que se nos incorpora
después de haber trabajado por la mañana, y yo acompañamos
a Ángel a Montjuic a hacer una visita profesional, y aprovechamos
para recorrer el parque, que yo ya conocía de una visita
anterior a Barcelona. Terminada la gestión en Montjuic,
vamos a casa del tío Antonio donde cenaremos. Como aún
es temprano, continuamos la ronda de visitas familiares en la casa
de los tío Salvador y Maruja, quienes nos invitan a ir con
ellos a la playa en su coche al día siguiente. Volvemos
para la cena a casa del tío Antonio, tras lo que regresamos
a dormir a nuestros respectivos alojamientos.
28 de agosto, domingo
Nos despierta temprano el teléfono
para advertirnos que la invitación de los tíos Salvador
y Maruja para ir a la playa queda cancelada por indisposición
de su hijo Salvadorín, nuestro primo más pequeño,
de sólo seis años. Como teníamos previsto
bañarnos, vamos al albergue de la juventud en que se aloja
Clavería y pasamos la mañana en la piscina. Tampoco
en esta ocasión vemos a mi compañero. Después
de comer en casa del tío Ángel, recogemos a Daniel
y los tres primos vamos a las Ramblas/Plaza Real donde pasamos
la tarde tomando unas cervezas. Por la noche, después de
cenar, nos despedimos de mis tíos Julio y Rosario, y terminamos
los tres primos en el bar de Paco tomando café y copa. Esta
visita a Barcelona me deja un sabor agridulce. Por un lado me ha
alegrado poder visitar la familia que, en diferentes momentos,
ha ido emigrando desde el pueblo, Gargallo, en la provincia de
Teruel, a Barcelona, siguiendo la corriente natural de las migraciones
interiores, que siempre había tenido en esta ciudad el referente
más próximo de desarrollo y oportunidad. De hecho,
de los siete hijos vivos que tuvieron mis abuelos paternos, seis
de ellos terminaron en Barcelona en los treinta años largos
que van desde antes de la Guerra Civil hasta finales de los cincuenta
del siglo XX; sólo mis padres realizaron una migración
más corta, dentro del propio Aragón, desde la provincia
de Teruel a Zaragoza. Por otro, llego a Barcelona prácticamente
sin dinero y así está también mi primo Ángel
que ya lo ha gastado en sus días anteriores de vacaciones,
de forma que los alicientes que la ciudad ofrece, pagando, tenemos
que dejarlos para mejor ocasión. Con esta sensación,
nos vamos a dormir.
29 de agosto, lunes
Hoy es el día de vuelta
a casa. Ángel me acompaña temprano a la estación
de Francia con la intención de tomar el tren rápido
a Zaragoza pero resulta que no hay billetes. Así que vamos
a la del Norte donde encuentro a mi compañero Clavería
y sacamos billete para el tren Correo que sale a las nueve de la
mañana. Él baja en Tamarite de Litera y yo continúo
a Zaragoza, llegando a las ocho de la tarde en un viaje de casi
doce horas. Se pone así punto final al viaje que comenzó el
18 de julio, en el que hemos recorrido más de tres mil kilómetros
y en el que me he gastado las tres mil pesetas que me regaló mi
padre como premio por haber aprobado el Preuniversitario. Fin de
trayecto.
Zaragoza, septiembre de 1.960
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