LA HERRERÍA
Qué mágico lugar era la fragua
repleta de pertrechos.
El imponente fuelle
me parecía un inmenso pájaro.
De él pendía una cuerda
de la que había que tirar con brío
para avivar el fuego.
En el fogón, oscuro y misterioso,
enrrojecía el hierro,
que, a golpes de martillo,
acababa adoptando aquella forma
que quería el herrero.
Luego, al meter las piezas en el agua,
calientes como estaban,
parecían quejarse doloridas
chirriando igual que bestias maltratadas.
Después salía un humo espeso y negro.
Yo apretaba los dientes
sintiendo escalofríos por el cuerpo.
y pensaba asustado
si así sería todo en el infierno.
Cuando miraba al enorme yunque
me crecían los ánimos;
acaso yo podría levantarlo,
eso sí, haciendo fuerza
y usando los dos brazos.
No había mulos con mejor herraje
que los herrados en aquella fragua,
ni romanas de mayor prestigio
que las allí afinadas.
Yo siempre que podía
me encantaba pasar por la herrería
para manchar un rato
con el permiso, claro, del herrero,
que no había mejor en todo el mundo,
y por coincidencia, era mi abuelo.