GARGALLO

Torreón del castillo de Gargallo

           LA HERRERÍA
Qué mágico lugar era la fragua 
   repleta de pertrechos. 
   El imponente fuelle 
   me parecía un inmenso pájaro. 
   De él pendía una cuerda 
   de la que había que tirar con brío 
   para avivar el fuego. 
   En el fogón, oscuro y misterioso, 
   enrrojecía el hierro, 
   que, a golpes de martillo, 
   acababa adoptando aquella forma 
   que quería el herrero. 
   Luego, al meter las piezas en el agua, 
   calientes como estaban, 
   parecían quejarse doloridas 
   chirriando igual que bestias maltratadas.
   Después salía un humo espeso y negro.
   Yo apretaba los dientes
   sintiendo escalofríos por el cuerpo.
   y pensaba asustado 
   si así sería todo en el infierno.
   Cuando miraba al enorme yunque
   me crecían los ánimos;
   acaso yo podría levantarlo,
   eso sí, haciendo fuerza
   y usando los dos brazos.
   No había mulos con mejor herraje
   que los herrados en aquella fragua,
   ni romanas de mayor prestigio
   que las allí afinadas.
   Yo siempre que podía
   me encantaba pasar por la herrería
   para manchar un rato
   con el permiso, claro, del herrero,
   que no había mejor en todo el mundo,
   y por coincidencia, era mi abuelo. 
J.M. Serrano 
 
 
 

 

 

Documento de donación de Pedro II a Miguel Sancho en 1210, del Castillo y la Villa de Gargallo
 
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